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lunes, 9 de marzo de 2015

Tasseludi


Inspirado en Italo Calvino.


Tasseludi

Tasseludi era un pequeño pueblo donde la gente no conocía las líneas rectas, solo las curvas; no sabía de ángulos, de líneas paralelas o perpendiculares, por lo tanto, no había cuadrados, rombos, rectángulos o triángulos, todo era y estaba hecho nada más que de figuras curvas. Los humanos de Tasseludi eran similares a los de cualquier otro lado, salvo que sus cuerpos eran un poco más curvilíneos y alargados, no tenían articulaciones, sus brazos y piernas eran largos espirales, cual resortes; así que cuando sus habitantes no flotaban, se desplazaban a saltos.

           Toda su ropa estaba hecha de una curiosa e interesante trama de trenzas y caracoles, quizá porque la mano de ellos tenía dicha terminación, cuando uno miraba de cerca su cuerpo, se daba cuenta que no tenían poros, su piel era un tejido de hermosos e hipnóticos fractales, los cuales cambiaban de color según la hora del día y la luz. Su lenguaje era la cosa más bella y más suave que yo hubiera escuchado, una caricia a mis oídos, nunca antes había estado ante un sonido similar, un líquido ambarino se deslizaba por el pabellón de mi oído cada vez que los oía hablar, y he de mencionar que esta parte del cuerpo era para ellos una de las más bellas y apreciadas; la llenaban de dibujos, le colgaban hilos de colores  o pasaban varios momentos del día aceitándolas, algunos otros las adornaban de largos bucles hechos de metal. Cuando uno estaba en Tasseludi, sentía formar parte de la naturaleza como nunca antes, era uno con ella en verdad, a donde mirara todo era armónico, las curvas de cada construcción no dejaban distinguir donde acababa la creación de la naturaleza y donde comenzaba la edificación de los hombres, los cables en las calles eran una especie líneas semitransparentes, como un líquido flotando en un cielo que no admitía gravedad, todo era marte de una magnifica proporción aurea. Los edificios eran cóncavos, convexos y contorsionados, ninguna construcción tenía ángulos; los balcones, los techos, las puertas, no era nada más que curvas y espirales, todo ahí era bello y serpenteante, los muebles, las ventanas, arcos y ondulaciones por todos lados. Cuando el viento soplaba parecía llevarse las paredes y edificios dejando hélices en el aire. Los pilares de las iglesias y casas eran lianas o enredaderas de mármol y acero que se descomponían sutilmente para transformarse otras construcciones, creando sombras llenas de exquisitas redondeces.

     Al hablar, se alcanzaban a percibir las ondas del sonido viajando por el aire, sobre todo en las conversaciones más íntimas y sinceras, y cuando alguien cantaba, delante de su boca se iban dibujando los más bellos diseños. El agua de lluvia caía de forma muy diferente, era como si las gotas fueran plumas cayendo y serpenteando el ambiente antes de llegar al suelo, el cual parece una gran alfombra de flores, es un tapiz que recubre todo el pueblo, pintado por las morwilianas, aves que anuncian el cambio de estación, cada verano sacan sus enormes lenguas y van pintando con ellas entramados de ramas y flores que las nubes reflejan, mientras hacen su danza de apareamiento. Es una delicia ir flotando en Tasseludi y contemplar el suelo creado por las morwilianas.      

      Recuerdo la vez que estuve ahí, no sé cómo llegué pero un día desperté ahí, había pasado mucho tiempo contemplando un vitral, admirando como el vidrio de colores transformaba la figura de algunas hojas que colgaban del otro lado de este, una luz me cegó por instante, después de eso solo recuerdo que estaba flotando sobre una cama de vidrio esmerilado, poco a poco la luz que pasaba a través de ella fue tejiendo mi nueva ropa, mientras mi cabellos se hacían más largos, curvos y ligeros mis pies desaparecían y mis extremidades se transformaban en espirales. Pasé varias semanas ahí, había olvidado de donde venía, ya no importaba, hasta que un día doblé mi cuello de cierta forma y este creó un ángulo, y sin darme cuenta me alejé de Tasseludi, cuando me di cuenta ya no estaba flotando, y otra vez mi cuerpo era normal. Traté de regresar, pero nunca encontré el camino, me puse frente al mismo vitral, pero la luz nunca lo acarició de la misma forma, cerraba y abría los ojos, intentando aparecer otra vez en Tasseludi, nunca sucedió. Dicen que algunas personas como Antoni Gaudí, Víctor Horta y Héctor Guimard, una vez viajaron también a ese lugar…

Brenda De Gress

En la imagen, "Hôtel Tassel" Víctor Horta, Bruselas.


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