Tasseludi
Inspirado en Italo Calvino.
Tasseludi
Tasseludi era un pequeño pueblo
donde la gente no conocía las líneas rectas, solo las curvas; no sabía de
ángulos, de líneas paralelas o perpendiculares, por lo tanto, no había cuadrados,
rombos, rectángulos o triángulos, todo era y estaba hecho nada más que de
figuras curvas. Los humanos de Tasseludi eran similares a los de cualquier otro
lado, salvo que sus cuerpos eran un poco más curvilíneos y alargados, no tenían
articulaciones, sus brazos y piernas eran largos espirales, cual resortes; así
que cuando sus habitantes no flotaban, se desplazaban a saltos.
Toda su ropa estaba hecha de una
curiosa e interesante trama de trenzas y caracoles, quizá porque la mano de ellos
tenía dicha terminación, cuando uno miraba de cerca su cuerpo, se daba cuenta
que no tenían poros, su piel era un tejido de hermosos e hipnóticos fractales,
los cuales cambiaban de color según la hora del día y la luz. Su lenguaje era
la cosa más bella y más suave que yo hubiera escuchado, una caricia a mis
oídos, nunca antes había estado ante un sonido similar, un líquido ambarino se
deslizaba por el pabellón de mi oído cada vez que los oía hablar, y he de
mencionar que esta parte del cuerpo era para ellos una de las más bellas y apreciadas;
la llenaban de dibujos, le colgaban hilos de colores o pasaban varios momentos del día
aceitándolas, algunos otros las adornaban de largos bucles hechos de metal.
Cuando uno estaba en Tasseludi, sentía formar parte de la naturaleza como nunca
antes, era uno con ella en verdad, a donde mirara todo era armónico, las curvas
de cada construcción no dejaban distinguir donde acababa la creación de la naturaleza
y donde comenzaba la edificación de los hombres, los cables en las calles eran
una especie líneas semitransparentes, como un líquido flotando en un cielo que
no admitía gravedad, todo era marte de una magnifica proporción aurea. Los
edificios eran cóncavos, convexos y contorsionados, ninguna construcción tenía
ángulos; los balcones, los techos, las puertas, no era nada más que curvas y
espirales, todo ahí era bello y serpenteante, los muebles, las ventanas, arcos y
ondulaciones por todos lados. Cuando el viento soplaba parecía llevarse las paredes
y edificios dejando hélices en el aire. Los pilares de las iglesias y casas eran
lianas o enredaderas de mármol y acero que se descomponían sutilmente para
transformarse otras construcciones, creando sombras llenas de exquisitas
redondeces.
Al hablar, se alcanzaban a percibir las
ondas del sonido viajando por el aire, sobre todo en las conversaciones más
íntimas y sinceras, y cuando alguien cantaba, delante de su boca se iban
dibujando los más bellos diseños. El agua de lluvia caía de forma muy
diferente, era como si las gotas fueran plumas cayendo y serpenteando el
ambiente antes de llegar al suelo, el cual parece una gran alfombra de flores, es
un tapiz que recubre todo el pueblo, pintado por las morwilianas, aves que
anuncian el cambio de estación, cada verano sacan sus enormes lenguas y van
pintando con ellas entramados de ramas y flores que las nubes reflejan,
mientras hacen su danza de apareamiento. Es una delicia ir flotando en
Tasseludi y contemplar el suelo creado por las morwilianas.
Recuerdo la vez que estuve ahí, no sé
cómo llegué pero un día desperté ahí, había pasado mucho tiempo contemplando un
vitral, admirando como el vidrio de colores transformaba la figura de algunas
hojas que colgaban del otro lado de este, una luz me cegó por instante, después
de eso solo recuerdo que estaba flotando sobre una cama de vidrio esmerilado,
poco a poco la luz que pasaba a través de ella fue tejiendo mi nueva ropa,
mientras mi cabellos se hacían más largos, curvos y ligeros mis pies
desaparecían y mis extremidades se transformaban en espirales. Pasé varias
semanas ahí, había olvidado de donde venía, ya no importaba, hasta que un día
doblé mi cuello de cierta forma y este creó un ángulo, y sin darme cuenta me
alejé de Tasseludi, cuando me di cuenta ya no estaba flotando, y otra vez mi
cuerpo era normal. Traté de regresar, pero nunca encontré el camino, me puse
frente al mismo vitral, pero la luz nunca lo acarició de la misma forma,
cerraba y abría los ojos, intentando aparecer otra vez en Tasseludi, nunca
sucedió. Dicen que algunas personas como Antoni Gaudí, Víctor Horta y Héctor
Guimard, una vez viajaron también a ese lugar…
Brenda De Gress
En la imagen, "Hôtel Tassel" Víctor Horta, Bruselas.

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